“La 72: la resistencia franciscana en la frontera sur de México”

Dic 9, 2025

Este hogar refugio para personas en movimiento es uno de los pocos que quedan en la zona tras la reelección de Donald Trump y su política anti-migratoria.

Han pasado de acoger 500 personas a 70, las grandes organizaciones humanitarias como el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) se ha marchado de la zona por los recortes en la financiación que recibía de Estados Unidos. El propio hogar ha dejado de recibir ayuda de muchas organizaciones que cooperaban con ella. Entre las pocas que se mantienen fundación-TAU- fundazioa. A pesar de todo, “la 72” resiste a las afueras de la pequeña localidad de Tenosique del Pino Suárez porque sabe que éste lugar, a tan solo una hora de la frontera con Guatemala al sureste de México, es una parada de referencia para quienes migran o buscan refugio.

‘La 72’ consta de pequeños edificios de tan solo una altura, pintados con llamativos colores y dibujos que dan un calor especial al lugar. La zona para el voluntariado se llama ‘La Resistencia’; la consulta sanitaria, ‘Che Guevara’; el módulo para mujeres, niños y niñas, ‘la tierna furia’; y la cancha de deportes, donde cada día se juega algún partido de fútbol, es la ‘Plaza Dignidad’.

En una de las paredes del Refugio, con un fondo verde intenso y con una imagen de personas migrantes que salen de América Latina e intentan llegar a unos Estados Unidos amurallados presididos por su actual presidente, se puede leer: “Trump, serás el que encienda el fuego de la resistencia de los pueblos”.

Este refugio franciscano abre sus puertas a quienes buscan asilo en México, pero también a quienes están de paso en busca del sueño americano. Estas personas tienen derecho a dormir durante tres días en la capilla, un espacio amplio que ha pasado de celebrar oficios a alojar a personas en sencillas colchonetas en el suelo. A la entrada de la capilla que actualmente alberga a personas en movimiento que pasan estancias cortas; podemos ver en su pared principal que cuelgan 72 cruces con los nombres y banderas de los países a los que pertenecían las personas migrantes masacradas en San Fernando en el año 2010 por el cártel de Los Zetas al negarse a “trabajar” para ellos y que ha dado nombre al Hogar-Refugio. Algunas de las cruces cuelgan en blanco. Pertenecen a quienes no pudieron ser reconocidos en las fosas que se encontraron. Un año después nacía este centro coordinado por franciscanos, aunque llevaban años atendiendo a migrantes y refugiados en la Fraternidad y Parroquia de Tenosique.

Pero el perfil de estas personas ha cambiado de manera radical desde la llegada de Trump. “Es como si hubiéramos retrocedido 20 años. Tras el Covid comenzaron a venir familias enteras con niños, niñas, personas mayores, discapacitadas… Ahora la mayoría que llegan son hombres solos porque las familias no se atreven a arriesgarse o a ser deportadas”, resume Fray Ricardo, hasta hace poco responsable de este centro.

Fray Ricardo Alberto Roque, director del centro, denuncia que para estas personas “no existe el tránsito libre. Durante toda su ruta migratoria, incluida México, sufren extorsiones de policías, de polleros (traficantes de personas), de asaltantes en el camino que son capaces de golpear y robar a quienes no tienen ni para un refresco. También se enfrentan a desapariciones forzadas, a trata de personas, a ser reclutados por el crimen organizado como mulitas para pasar droga, a violaciones físicas, psicológicas, maltratos… la lista es larga y muy cruda” asegura.

También ha crecido la migración inversa, como es el caso de Juan Carlos, hondureño de 25 años. El joven fue deportado a México mientras su esposa y su bebé, de menos de un año, lograron permanecer en EE UU. Ahora intenta conseguir asilo en este país mientras observa cómo crece su hijo a través de videollamadas diarias. Además, han comenzado a pasar por “la 72” algunas familias enteras que realizan la ruta inversa, que vuelven de USA a sus países cansadas ya de vivir en situación irregular y bajo presión a diario.

A pesar de todo, algunas mujeres siguen realizando esta ruta solas, como Katerine, una venezolana de 36 años que huyó de su país dejando allí a sus dos hijas, de 17 y 15 años. “Están bravas conmigo. Ahora mismo no lo entienden, pero lo he hecho por ellas. En mi país sin dinero no se puede estudiar. Trabajando solo da para comer y quiero que vayan a la universidad porque son muy buenas estudiantes” dice con orgullo, aunque su rostro cambia al recordar algunos de los pasajes de su periplo.

Cruzó el río por la frontera de Tapachula (Chiapas), una de las más violentas y al llegar a México fue secuestrada por varios hombres armados que le llevaron junto a otras 16 personas a una especie de rancho. “Allí nos pusieron en tres filas. Una para los que traían dinero, otra para los que podían llamar a su familia para pagar y a quienes les daban el chance de tres días para conseguirlo y la última para quien no llevaba nada. Ahora se ve chistoso, había hasta una secretaria cobrando”, relata con una media sonrisa triste.

“A estos últimos los desnudaron. A algunos les encontraron dinero y se los llevaron. Son los que luego suelen aparecer desmembrados en las noticias del periódico para poner sobre aviso al resto de migrantes. A quienes no tenían nada también los mataron, consideraban que ya no les servían. A algunas mujeres las agarraron como prostitutas”, se lamenta mirando al suelo. “Muchas gritaban con ataques de pánico. Yo no podía gritar, sentía una especie de adrenalina, como nervios… pudimos salir de allí quienes teníamos dinero”. Katerine estuvo a punto de pedir la auto deportación hasta que alguien le habló de ‘La 72’. Ahora intenta regularizar su situación en el país.

Pero la gran mayoría de quienes llegan ahora son hombres o jóvenes hondureños huyendo de la pobreza o de la violencia de las pandillas. Uno de los casos más llamativos es el de Jefferson David Ramírez, un joven de este país de 19 años que incumplió las estrictas normas de la casa a los dos meses de su llegada y fue expulsado. Marco, uno de los guardas, quiso darle una oportunidad en su rancho y hoy es uno más de la familia: “Yo mismo lo saqué de la casa y yo mismo le adopté”, relata riendo. Yo creo que le ganó la ira. Todos tenemos nuestros límites. Ahorita está adaptado, me ayuda en el rancho, mis hijos de 4 y 5 años le quieren como a un hermano y a nosotros nos llama papá y mamá. Ni se me había cruzado por la cabeza aumentar la familia pero estamos muy contentos”, ríe.

Aun así, el futuro de Jefferson no está claro. A la espera de sus papeles de asilo, en caso de ser denegados, será deportado o quedará en situación irregular.

La selva del Darién, entre Colombia y Panamá es otro punto caliente de la ruta migratoria. Camila y Thiago, junto a sus hijos de 5 y 2 años salieron desde Perú por la inseguridad que existe. “Desde hace un tiempo hay pandillas extranjeras que son capaces de matar por un móvil. Y si montas un negocio te extorsionan para que les pagues dinero” relata Thiago. Vieron en redes sociales que era “muy fácil” cruzar la selva del Darién, pero lo que vivieron fue “traumático”. El coyote (la persona que “acompaña” a las personas en la ruta), los abandonó junto a otras personas en medio de la selva. Durante varios días pensaron que morirían, se quedaron sin alimentos y vieron restos de personas fallecidas. Finalmente consiguieron salir de aquel infierno.

En “la 72” también hay un espacio para la población LGTBI. Allí descansa Keshua Smith, un joven guatemalteco de 26 años que huyó por la fuerte discriminación que sufre el colectivo en este país. “Mis padres fallecieron y el resto de la familia me decía que era abominable solo por mi forma de amar” recuerda emocionado. “En Guatemala el colectivo gay está muy señalado. La pasamos mal. Un día iba de la mano con mi pareja y desde un coche, una pandilla nos insultó y nos apuntó con una pistola. Mucha gente nos dice “huecos”, que es algo muy despectivo y doloroso. Los únicos días divertidos son los sábados, que nos vamos a una discoteca a la que acude gente de la comunidad y donde podemos ser quienes somos realmente”. Mucha gente los llama “huecos” de forma despectiva y llegó a ser encañonado por una pandilla por el hecho de ir de la mano con su pareja como comentó.

Keshua ya ha realizado la petición de asilo en México y sueña con tener en un futuro un rancho donde vivir tranquilo.

Mientras tanto, y a pesar de la gran disminución de personas en movimiento y del cierre de distintos albergues, en “la 72” lo tienen claro. “Durante la Covid dejó de venir gente, siempre hay ciclos, pero las migraciones son imparables, volverán a venir personas y nosotros estaremos aquí mientras una sola necesite un hogar donde cobijarse” sentencia Fray Ricardo.

Isabel Egiguren: periodista “free lance”